Autor: Saúlmc

  • Parábola india

    por Saúlmc

    Cuenta un antiguo relato hindú que los dioses, conocedores del ser humano, decidieron esconder lo más bello y profundo de su ser en un lugar que nunca pudiéramos encontrar. Entonces un Dios propuso esconder ese preciado tesoro en los abismos marinos, pero los demás no estuvieron de acuerdo porque sabían que tarde o temprano el ser humano inventaría un artilugio que le permitiría buscar en el fondo de los mares. Otro Dios propuso llevarlo a los más remotos confines del universo, pero también esta idea fue desechada ante la certeza de que un día el ser humano navegaría por el espacio. Entonces los dioses, de común acuerdo, hallaron el lugar donde sabían que los humanos no buscarían nunca: en el interior de su propio corazón.

  • La esencia del tantra

    por Saúlmc

    El tantra es el conocimiento íntimo de lo que uno realmente es, más allá de las creencias, los dogmas, la fe o las revelaciones. Es experimentar que todo es una construcción de la mente, y que hay que trascenderla para experimentar ‘lo que es’.

    El tantra es desnudez, donde desaparece la entidad que puede experimentar cualquier logro o aportación. Es inocencia, en cuanto que la inocencia lleva implícito el no saber. Es la vacuidad, sunyata, el vacío que todo lo contiene: esta es la esencia del tantra.

    Por eso el tantra puede entenderse como un viaje de retorno, el regreso de Ulises a Ítaca: volver a casa para descubrir que la casa siempre ha estado vacía, y que en realidad nunca nos fuimos de ella.

  • El yoga

    por Saúlmc

    El yoga es una milenaria ciencia basada esencialmente en dos corrientes filosóficas: el mundo del vedanta advaita y el mundo del tantrismo. Un aspecto de un tipo de yoga es el conocido como hatha yoga, que consiste en ejercicios físicos, respiraciones, aprendizajes de relajación, etc. Evidentemente, todos estos gestos tenían como fin repetir una serie de situaciones que, de forma espontánea, se generaban en el individuo al activar y darle un trato diferente a su energía libidinal.

    Estos individuos, ante estos gestos, producían movimientos que nosotros conocemos con el nombre de asanas, respiraciones, cantos y bailes. En un momento determinado se codifica a partir de Patanjali, y se codifica también la repetición de esta serie de ejercicios, buscando lo que en Occidente entendemos como magia por simpatía. La magia por simpatía la encontramos en el arte rupestre: es dibujar simbólicamente una caza para que, al salir al terreno exterior, el dibujo realizado y la caza dibujada se repitan en el contexto de lo que llamaríamos la realidad.

    De la misma forma, estos personajes pretenden repetir los gestos, las palabras, los mantras, los sonidos que el iniciado experimentaba en su éxtasis para, en la repetición de estos gestos, inducir el éxtasis. Por lo tanto, el yoga es una ciencia sagrada, una ciencia iniciática que sirve como proceso de crecimiento y desarrollo en la búsqueda de esta experiencia de iluminación.

    Occidente ha cogido toda esta tradición, la ha minimizado, la ha encerrado en gimnasios. Ha cogido todos estos ejercicios y los ha puesto al servicio de técnicas para perder estrés, aprendizajes de relajación, o simplemente mantener un cuerpo y una figura más sana y estética gracias a los estiramientos, pero sin ninguna otra finalidad. Eso es lo que yo llamo el yoga profano. Si bien esta diferencia entre lo profano y lo iniciático, en un nivel de diálogo y de palabra, es aceptable, no lo sería desde una visión más totalizadora. Nada es iniciático, nada es profano: todo, simplemente, es.

  • El yo

    por Saúlmc

    Ciertamente, cuando decimos «yo», no sabemos a qué nos estamos refiriendo. Podemos, desde un punto de vista de la psicología evolutiva, entender la aparición verbal del yo a partir del tercer año de vida, y los procesos de desarrollo del mismo: una fase de hiperafirmación y, posteriormente, en la adolescencia, una etapa de hipoafirmación.

    Pero cuando estudio, cuando busco profundamente qué es el yo, encuentro solamente que es un acto memorístico que hago desde el presente. Lo que intento anunciar detrás del término «yo» son procesos históricos que, mediante la memoria, estoy actualizando en el presente. Pero si busco realmente dónde está ese yo más allá de la memoria, atónito descubro que no hay nada.

    El error sería la identificación con cualquier cosa, porque identificarse es sentir que uno está en un lugar y aquello a lo cual he de identificarme está en otro lugar. Pero lo que decimos que está fuera de nosotros, el mundo exterior, no es tal mundo exterior: el mundo exterior, lo observado y el observador, son exactamente lo mismo. Esto es lo que el niño vive como experiencia vital y natural desde su nacimiento, y empieza a romperse en el momento en que utiliza el pronombre personal «yo». Ahí está la primera gran escisión: «yo estoy en un sitio y el mundo está en otro».

    El hecho de decir «no somos nadie» ya implicaría, desde la palabra, la existencia: la negación de alguien lleva implicada su existencia. Lo que podemos decir, y debemos sentir, es que somos todo. Ese ser todo, absolutamente todo, implica, por un lado, que soy el mundo que veo, siento y observo, y lo estoy creando; y, por otro, que soy el mundo que no soy capaz de crear. En el momento en que dejo de ser yo, soy absolutamente todo.

    Esto es importante de entender: no es un proceso intelectual de comprensión, sino una experiencia vivida desde el silencio. Si no, nos perdemos de nuevo en las palabras y los conceptos, que pueden ser rebatidos intelectualmente, afirmados, o con los que pueden construirse silogismos; pero eso no es la experiencia, que es lo que realmente buscamos.

    Al niño que pregunta quién es yo le diría que deje de hacerse la pregunta para poder saber exactamente quién es. En su juego y en su sonrisa, en sus lágrimas, en su fascinación por los olores, los colores y la forma, y en su mundo de descubrimiento, él ya es absolutamente todo. No te preguntes quién eres: sé, simplemente, quién eres.

  • El miedo

    por Saúlmc

    En la confusión de creer en la existencia del mundo de la realidad aparente, en este sueño en que nos parece todo tan real y evidente, el gran miedo es a la pérdida. Sobre todo, a la pérdida de la propia vida, porque no he realizado que no puedo morir.

    Hacemos entonces un mecanismo sustitutorio del miedo a la pérdida de la vida y nos volvemos seres acumulativos. No queremos perder nuestros bienes, nuestras parejas; no queremos perder nuestro estatus, nuestro prestigio.

    Ese es el origen del miedo: el desplazamiento del miedo a la muerte. Pero aquel que realmente ha realizado qué es exactamente, sabe que el miedo es imposible, porque el miedo a perder algo no existe: no hay nada que ganar, no hay nada que perder, eres todo.