El yo

por Saúlmc

Ciertamente, cuando decimos «yo», no sabemos a qué nos estamos refiriendo. Podemos, desde un punto de vista de la psicología evolutiva, entender la aparición verbal del yo a partir del tercer año de vida, y los procesos de desarrollo del mismo: una fase de hiperafirmación y, posteriormente, en la adolescencia, una etapa de hipoafirmación.

Pero cuando estudio, cuando busco profundamente qué es el yo, encuentro solamente que es un acto memorístico que hago desde el presente. Lo que intento anunciar detrás del término «yo» son procesos históricos que, mediante la memoria, estoy actualizando en el presente. Pero si busco realmente dónde está ese yo más allá de la memoria, atónito descubro que no hay nada.

El error sería la identificación con cualquier cosa, porque identificarse es sentir que uno está en un lugar y aquello a lo cual he de identificarme está en otro lugar. Pero lo que decimos que está fuera de nosotros, el mundo exterior, no es tal mundo exterior: el mundo exterior, lo observado y el observador, son exactamente lo mismo. Esto es lo que el niño vive como experiencia vital y natural desde su nacimiento, y empieza a romperse en el momento en que utiliza el pronombre personal «yo». Ahí está la primera gran escisión: «yo estoy en un sitio y el mundo está en otro».

El hecho de decir «no somos nadie» ya implicaría, desde la palabra, la existencia: la negación de alguien lleva implicada su existencia. Lo que podemos decir, y debemos sentir, es que somos todo. Ese ser todo, absolutamente todo, implica, por un lado, que soy el mundo que veo, siento y observo, y lo estoy creando; y, por otro, que soy el mundo que no soy capaz de crear. En el momento en que dejo de ser yo, soy absolutamente todo.

Esto es importante de entender: no es un proceso intelectual de comprensión, sino una experiencia vivida desde el silencio. Si no, nos perdemos de nuevo en las palabras y los conceptos, que pueden ser rebatidos intelectualmente, afirmados, o con los que pueden construirse silogismos; pero eso no es la experiencia, que es lo que realmente buscamos.

Al niño que pregunta quién es yo le diría que deje de hacerse la pregunta para poder saber exactamente quién es. En su juego y en su sonrisa, en sus lágrimas, en su fascinación por los olores, los colores y la forma, y en su mundo de descubrimiento, él ya es absolutamente todo. No te preguntes quién eres: sé, simplemente, quién eres.

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